Artículo de Vicente G.
Olaya, publicado en el diario “El País” el pasado 0 de febrero de 2026.
Aseguran los redactores
del informe ―Piero
Berni, Antònia Soler, Darío Bernal, Miguel Ángel Cau, Enrique García Riaza,
Jaume Cardell, Carlos de Juan y Sebastià Munar― que la “asombrosa integridad de
los materiales en la bodega de la embarcación y el alto porcentaje de
inscripciones pintadas preservadas en las ánforas ha posibilitado que podamos
reconstruir con bastante detalle cómo se organizó el cargamento y cuántos o
quiénes fueron los propietarios de las diferentes partidas de ánforas”.
El grupo de trabajo
multidisciplinar ―formado por miembros del Institut Català d’Arqueologia Classica,
Consell de Mallorca, de las universidades de Illes Balears, Barcelona, UNED,
Valencia y Cádiz― revela
que las ánforas fueron clasificadas y etiquetadas por, al menos, siete
personas. Se han recuperado sorprendentemente 84 inscripciones, a pesar de los
16 siglos que la tinta empleada ha permanecido en contacto con el agua salada.
Los textos hacen
referencia a productos como “flor de liquamen” (una especie de
salsa de pescado), aceite (virgen de oliva, virgen extra y oleum dulce para
el culto religioso), y vino del sureste peninsular. Además, el análisis químico
de los residuos orgánicos adheridos a las paredes interiores de algunas ánforas
de fondo plano han permitido identificar componentes relacionados con derivados
de la uva, frutas y aceitunas.
El cargamento anfórico,
que partió de Carthago
Spartaria (Cartagena), fue responsabilidad de dos comerciantes llamados
Alunnio y Ausonio, posiblemente empleados de la familia Flavia, cuyo nombre
aparece también en los tapones de algunas ánforas. Estos tapones tenían impreso
un crismón o monograma formado por las dos primeras letras griegas del nombre
Cristo.
Los crismones se
comenzaron a utilizar en monedas y estandartes romanos a partir del Edicto de
Milán, en el año 313, cuando el cristianismo deja de ser perseguido y se
establece la libertad religiosa en el imperio. Pero además, los arqueólogos
encontraron en 2024 una moneda en la carlinga ―o a cavidad donde se asentaba el
mástil de la embarcación― fechada en el año 320 y procedente de la ceca Siscia
(moderna Sisak, Croacia). Como no se han encontrado reparaciones significativas
en las tablas de la embarcación, los expertos consideran en su estudio,
publicado en la revista Archivo Español de Arqueología, que el barco se hundió
poco después de ser botado, a mediados del siglo IV.
Las ánforas de las salsas
fermentadas de pescado llevaban escritos tanto la tara del recipiente como el
peso neto del producto envasado. Esto respondía, dice este estudio que se
enmarca en un proyecto mayor denominado Arqueomallornauta,
“a un estricto control sobre la mercancía para evitar la falsificación o
manipulación de lo declarado sobre el producto embotellado” ante los
recaudadores de impuestos de la Administración. Y es que cada una de las piezas
pasaba por las manos de dos personas, una primera pesaba el envase y la otra,
una vez relleno, toda el ánfora.
Los expertos creen que la
embarcación “combinaba el comercio privado de mercancías (los productos de
Alunnio y Ausonio) con otro anónimo (sin inscripciones nominales) que tenía un
trasfondo público. Esta combinación, donde parece converger lo público con lo
privado en un transporte marítimo mixto, no había podido documentarse hasta
ahora con semejante claridad en un pecio romano”.
Por eso, los autores creen
que “la epigrafía
anfórica del pecio de Ses Fontanelles no solo abre nuevas vías de investigación
histórica, sino que también plantea interrogantes significativos sobre la
economía y el tráfico marítimo de la Cartaginense en este período
tardorromano”.
Piero Berni, director de
la investigación, adelanta a EL PAÍS que “este año se procederá a la extracción
del casco de la embarcación, posiblemente la mejor conservada de todo el
Mediterráneo, un proceso complejo del que esperamos obtener grandes novedades
científicas”.”
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