Interesantísimo
artículo de Miguel Ángel Criado, publicado en el periódico “El País” el pasado 6
de noviembre 2025.
“Junto a las
legiones, los miliarios marcaron el poder del Imperio romano. Colocados
cada mil passus o milla romana (1.478,5 metros), estos mojones
cilíndricos o paralelepípedos puntuaban las calzadas romanas, como hacen hoy
los puntos kilométricos con las autovías. Un amplio grupo de investigadores ha
recurrido a la tecnología más moderna para bucear en los registros históricos y
arqueológicos para reconstruir el mapa de carreteras de hace 2.000 años. Lo que
han descubierto es que era mucho más extenso, casi el doble, de lo que se
creía. Pero también han comprobado que apenas queda nada de su trazado original.
Los resultados de su trabajo, publicado en Scientific Data,
los han reunido y abierto al público en el sitio Itiner-e,
un atlas digital de las vías que nacían o morían en Roma.
“Cuando se
pasa por un camino muy hundido por el paso del tiempo y las gentes, aún se dice
que ‘era una calzada romana’, pero los romanos las hacían para que durasen”,
dice Pau de Soto, del Grupo de Investigación en Arqueología de la Universitat
Autònoma de Barcelona (UAB) y primer autor de este imponente trabajo. “Otra
creencia a desmentir es que las hicieran enlosadas, como la vía Apia. En
realidad, las hacían mediante capas de gravas cada vez más finas, con la capa
de rodadura formada por una gravilla fina compactada. Era lo mejor para el paso
de los caballos, que entonces aún no llevaban herraduras”, añade el arqueólogo.
Como sucede con las carreteras actuales, las elevaban sobre el terreno
circundante y con un ligero desnivel para que evacuaran el agua. “Las primeras
carreteras modernas se hicieron siguiendo a los romanos”, recuerda este
arqueólogo.
Pau de Soto
y una veintena de investigadores ha usado las modernas técnicas GIS (siglas en
inglés de Sistema de Información Geográfica) para desenterrar el trazado de las
vías romanas. “Las GIS son la base de la moderna investigación arqueológica”,
asegura el investigador de la UAB. Combinaron textos históricos como el Itinerario
Antonino o la Tabula Peutingeriana, lo más parecido a un
mapa de carreteras de la antigüedad, con estudios sobre yacimientos
arqueológicos, o libros de historia de Roma. “Pero también con los mapas
topográficos de los siglos XIX y XX, las fotografías que los estadounidenses
tomaron de los suelos europeos en la posguerra o las imágenes por satélite; GIS
te permite combinar la información de todas estas fuentes y plasmarla sobre el
terreno”, añade de Soto.
El resultado
de la suma de tantas fuentes es que, en torno al año 150 de esta era el Imperio
romano —entonces en su momento de mayor expansión, abarcando unos cuatro
millones de kilómetros cuadrados de territorio— tenía 299.171 kilómetros de
calzadas. La cifra supone añadir más de cien mil a los 188.555 km contados en
trabajos anteriores y equivale a dar la vuelta al planeta siete veces. Solo en
España, la extensión de las vías romanas superaba los 40.000 km, doblando la
cantidad supuesta hasta ahora. Entonces no existía la distribución radial con
centro en Madrid que sí caracteriza a las carreteras modernas, pero desde urbes
como Augusta Emérita (Mérida), capital de la Lusitania romana, partían algunas
de las calzadas principales.
Los autores
del nuevo estudio estiman que un tercio unían los principales centros urbanos;
y los dos tercios restantes serían secundarias, conectando poblaciones a escala
local o regional. Sin embargo, han comprobado que solo hay certeza del 2,7% del
kilometraje. “Es lo que aún se conserva o que ha sido excavado en trabajos
arqueológicos”, detalla de Soto, quien explica que, de la inmensa mayoría de
las calzadas romanas —casi el 90%— solo hay pistas de que debieron estar ahí:
“En arqueología del pasaje lo
llamamos ejes fosilizados, y pueden ser un puente romano, los restos de una
calzada a la salida de la ciudad o el hallazgo de algún miliario”. Todo indica
que una calzada debió unir todos esos elementos. Lo que hace un GIS con ellos
es imaginar el trayecto más razonable teniendo en cuenta la topografía del
terreno, como el paso de una montaña o vadeo de un río. Otro 7% del total de
ese mapa de carreteras solo sería hipotético: si hay dos
ciudades romanas cercanas con restos de calzada a su salida, se esperaría que
estuvieran unidas por una.
“Las
calzadas —y la red de transporte, en su conjunto— fueron absolutamente
cruciales para el mantenimiento del Imperio romano”, mantiene el historiador de
la Universidad de Aarhus (Dinamarca) y coautor del estudio, Adam Pažout. “Los
romanos idearon un intrincado sistema de transporte compuesto por posadas,
estaciones de caminos y puntos de relevo para mensajeros y funcionarios
públicos que viajaban por Italia y las provincias”, recuerda. Para Pažout, “las
calzadas constituían un andamiaje que permitía proyectar el poder romano, ya
fuera a través del ejército o del derecho y la administración, y que mantenía
unido al Imperio”.
Según los
autores, su trabajo permitirá un mejor conocimiento de la historia de Roma. Por
las calzadas se movieron millones de personas, se propagaron nuevas ideas y
creencias; y por ellas también avanzaron las legiones romanas o el comercio
entre las distintas partes de los tres continentes que formaron el territorio
romano. Pero estas vías, cuya enorme capilaridad se descubre ahora, también
facilitaron la transmisión
de enfermedades y plagas como la peste Antonina de viruela o sarampión
o la de Justiniano de peste bubónica, que debilitaron al Imperio. También
pudieron ser las vías de entrada de las sucesivas invasiones bárbaras.
Lo que queda
de las calzadas romanas, aunque físicamente no sean muchos kilómetros, forma
parte del armazón de Europa. Lo recuerda el arqueólogo de Soto: “El tejido
urbano europeo es una herencia de Roma. La mayoría de las ciudades europeas ya
existían en época romana y ya estaban conectadas entre sí”.
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